por el gatoparlante

dariana

Rubén Darío, dios número dos de la poesía hispanoamericana, desciende una mañana al pie de mi árbol. Lo veo hecho un pavorreal albino, y en el eje de mi corazoncito siento un desgarro: un pavorreal albino es como una campana rota, y Darío está deshecho, como drenado. Me siento culpable por haberlo invocado la noche anterior, por haberlo hecho bajar hasta acá. Le toco las plumitas aceitosas, lo acerco, y él, hecho mierda, se extiende sobre mí como un manto nevado ligerísimo. Sobre mis piernas siento su plumaje sagrado: se siente más rico que la cresta, Darío, quédate acá conmigo. Por lo bajo, me responde que ya sabe por qué lo he hecho venir. Lo hago callar cantándole Blackbird -tal como ese obsceno pájaro de la noche, Lorca, me enseñó alguna otra vez- porque pienso, Rubén, que es hora de que yo te cante un ratito de vuelta.

Pendeja, me dice, lleno de ternura, pendejita come-poetas, ¿a cuál vamos a aniquilar ahora?. Ahora es distinto, le respondo. Ahora (y lo sabemos ambos) tenemos un sacrificio distinto que hacer. Entre mis piernas Darío se acomoda como cachorro, abriéndome las alas hecho devoción pura y congelada. El cuchillo al pie del árbol se siente frío en mis manos, como un espejo. Tiemblo. Pavorreal suspira antes de decir: Escúchame: tú lo haces sentir carnívoro, Júpiter. Entonces el te dirá que sí, que quiere probar el pavo real albino que le preparaste y ese, ese, va a ser el punto de no retorno entre ustedes dos, porque sabemos que mi carne y tu carne, preciosa, son irresistibles.

Notas

  1. porelgatoparlante posted this