el diario de agustina, 2007
Yo tenía quince años. Su cuello brillaba con intensidades estelares por el sudor. Ella me miró con las mejillas rosadas y la sonrisa más tierna del mundo mientras yo le apartaba los cabellos rojos de la cara. Sonreí como en un acto reflejo e involuntario pero brutalmente sincero e inocente. Me preguntó si le gustaba el arito verde que se había puesto en la nariz y yo le respondí que sí y ella pareció maullar antes de besarme. Tuve dos orgasmos ese día.
Yo tengo dieciséis años. Andrés es mi pololo hace tres semanas y estudia ingeniería en la Chile y ha hecho bien en romper el mito que los de Beaucheff son todos unos maricones. Trata de ser tierno y tiene una moto que corre rápido. Nunca recuerdo sus opiniones acerca de nada porque es como si su imagen hegemonizara así, a lo dictador, toda mi cabeza, porque es el chico más guapo que he visto. Se escuchan cuerdas minimalistas y potentes desde los parlantes que se mueven bajo las órdenes de Philip Glass y que contienen, en su forma, sustancia, y sustrato, fantasías tan melancólicas que escondo en mi bóveda sináptica a la que Andrés nunca llegará.
Mientras se viste con un Camel apagado en la boca, me pregunta, sin mirarme:
- ¿Con quien fue tu primera vez, Agus?
Me carga que me digan así pero él no lo sabe. Me conoce hace poco.
- Con la chica pelirroja que conociste el otro día - miento.
Me mira con los ojos curvos porque está sonriendo mientras dice que me quiere, pero el sonido se va rápido como diluido entre mis pensamientos que se escapan a toda velocidad. Estoy pensando en esa noche, a los catorce.

